Curado de espantos
Lo que de verdad hoy da miedo ya no está en las películas de terror. Está más cerca de lo que parece y, probablemente, vive en el aparato que tenemos en la mano.

Antes de cumplir los 15 años ya había visto los seis filmes de la saga de Pesadilla sin fin (A Nightmare on Elm Street) que habían editado hasta ese entonces. Eran tiempos en los que había que ir a un alquiler de películas y, con la autorización de un mayor de edad, nos podíamos llevar alguna de esas historias - en formato Betamax o VHS - donde Freddy Krueger asesina adolescentes mientras duermen. Con el tiempo la administradora del local te reconocía y ya no requerías de un adulto responsable para llevarte alguna cinta para mayores de 18 años. Incluso, a veces te recomendaba alguna nueva adquisición: “Mira, me llegó la nueva de Viernes 13; en esta Jason se va de matanza por Manhattan”; o te hacía alguna advertencia: “Esa es muy sangrienta y tiene escenas íntimas. Yo, de ti, me aguanto un poco”, y me dejaba con las ganas de ver Hellraiser y sus cenobitas.
Para ese entonces creía haberlo visto todo en cuanto a cine de terror había que ver. En la televisión nacional, en ese espacio llamado Cita con los clásicos del terror y presentado por Hernán Castrillón Restrepo, vi a Vincent Price y a Cristopher Lee en varias películas de la Hammer, la versión de Nosferatu de Werner Herzog, Psicosis y otras obras de Alfred Hitchcock, y La Profecía, que me dejó con esa escena de la niñera ahorcada en el cumpleaños del anticristo y con la desconfianza a toda persona que se llame “Damián”.
También había visto Poltergeist, Tiburón, La Mosca, King Kong y varias de vampiros, licántropos y zombis. Cuando caía en mis manos la revista Fangoria, que se enfocaba en el género del horror y el fantástico, le echaba un vistazo a ver en qué andaban Chucky, Candyman, los xenomorfos de la saga Alien, y los proyectos en los que estaban trabajando Wes Craven, George Romero, Clive Barker y Tom Savini. Me creía curado de espantos; me había hecho amigo de los monstruos y la sangre por litros - como en Carrie o El Resplandor - era un mero trámite, una consecuencia, un efecto visual en medio de una película que sí o sí debía llevarla. Pero nada de lo que había visto hasta ese momento me había preparado para tres películas que hoy día me siguen traumatizando.
Hasta ese entonces los monstruos se explicaban como anomalías de la naturaleza, el mal provenía de alguna falla científica o por la falta de decencia de alguien. Todo ellos se vencía con inteligencia y recursividad. La fe era el refugio del tonto.
La primera es El Exorcista (William Friedkin, 1973). Esa fue una de las que la señora del alquiler no me dejó llevar - “todavía eres muy chico” - y tuve que convencer a mi mamá para que me dejara verla, argumentando que cómo no me iba a dejar ver una película que tuvo diez nominaciones a los Premios Óscar: “lo haces bajo tu responsabilidad y teniendo en cuenta que es una película no apta para tu edad”. Fue tanto el temor que me metieron estas mujeres que la vi a plena luz del día y, aun así, me aterrorizó. Ver a Regan MacNeil retorciéndose y padeciendo al demonio Pazuzu me rayó la cabeza. Porque aquí lo sobrenatural y la religión están por encima de la ciencia y la razón, y hasta ese entonces los monstruos se explicaban como anomalías de la naturaleza, el mal provenía de alguna falla científica o la falta de decencia de alguien (los inmorales fornicadores son castigados por Michael Myers, Jason Voorhees o Freddy Krueger), y se vencían a estas criaturas con inteligencia y recursividad. La fe era el refugio del tonto (a más de uno vi morir en la pantalla grande rogándole a Dios por ayuda). Aquí, sin embargo, la víctima (una niña) no ha hecho nada malo como para que un demonio mesopotámico la mortifique de esa manera y es el poder de Dios (el de la Biblia católica, apostólica y romana que me enseñaron a dudar y no tomar en serio) quien la salva. El Exorcista me sacudió mis principios de fe y esa noche le recé a mi ángel de la guarda y me prometí nunca jugar con una tabla Ouija.
La siguiente película fue La matanza de Texas (The Texas Chainsaw Massacre de Tobe Hooper, 1974). La vi ya grande, 30 o más años, pero me marcaron su puesta en escena, la crudeza de sus imágenes (y eso que ya había visto otras cintas de cine gore como Holocausto Caníbal o House of the 1000 Corpses) y que ya había sido testigo de horrores similares y reales. Para ese entonces ya había visitado museos sobre el Holocausto nazi y había visto objetos - lámparas, guantes y tapas de libros - hechos con piel humana, ya sabía de ese psicópata llamado Ed Gein y, al crecer en esa Colombia de finales del siglo XX e inicios del XXI, fui - fuimos - testigo de las barbaridades y masacres que cometieron los narcos, los guerrilleros, los paramilitares y los militares: desde desaparecer a sus enemigos en ácido y jugar fútbol con las cabezas de sus víctimas, a realizar masacres al ritmo de tambores y medir los resultados en “litros de sangre”. Muchas de esas atrocidades las asocié, directa o indirectamente, a este clásico del horror. Y ni loco me iré de paseo por zonas rurales tejanas.
El cine de terror produce una acumulación de la activación fisiológica tras cada momento excitante y libera adrenalina.
El último filme es el más brutal y me tomó varios años verlo completo, pues el estómago no me daba. A Serbian Film (Srđan Spasojević, 2010) es explotación pura y dura. Es una barbaridad tras otra y lo que causa terror es saber que alguien las pensó, las filmó y las publicó. Peor aún, que esas atrocidades se basaron en relatos de actos cometidos durante las guerras balcánicas tras la disolución de Yugoslavia. Que hubo gente que se dejó llevar por la locura, el desespero y la depravación. Tengo una copia de la película en mi cineteca y no se la muestro ni presto a nadie porque para qué mortificar a alguien más. También por miedo a lo que pueda despertar en otros: me asustaría conocer a alguien que reconozca disfrutar de este cine.
A día de hoy me sigue gustando este género del cine porque, como señala el profesor de psicología Dolf Zillman en el Paradigma de Transferencia de Excitación, produce una acumulación de la activación fisiológica tras cada momento excitante y libera adrenalina. Esto deriva en una experiencia placentera y segura que nos engancha a repetirla. Sin embargo, últimamente me cuesta encontrar películas de horror que me entretengan o me gusten. No van más allá del susto que nos puede dar una puerta azotada por el viento o la explosión de un exosto; o son tan refinadas que aburren (las que llaman “elevated horror”). Además, encontré que lo que nos debería asustar en la actualidad está más cerca de lo que parece y, probablemente en este momento vive en lo que sostenemos en la mano. Un miedo real y preocupante que no transmite una película de psicópatas depravados con desviaciones sexuales y motosierras sangrantes, sino un autor: Roman Yampolskiy.
Si quieren saber más de este miedo y el autor, los invito a que me lean mañana en Barequeo.com.



cronica para premio maestro!